La condición humana (Galería Ana María Stagno, Santiago, 2003)
Vi en dos momentos esta exposición. La primera vez, en realidad, me puse a escribir sobre lo que pensé que esta exposición sería, pero las pinturas qeu vi entonces no estaban terminadas ni eran todas las que son. No sé si el Samy me engañó o si por esos días las pinturas lo estaban engañando a él. Es cosa sabida que a veces las obras le mienten a sus autores y los confunden. Dicen que Duchamp, por ejemplo, acababa de terminar El gran vidrio -o creía haberlo terminado- cuando éste cayó como una sombra sobre su sombra y se trizó de punta a cabo. El francés lo miró sin rastro de pena y, según cuentan, “¡Riqueza”, gritó, “¡Riqueza!”. La trizadura había culminado eso que siempre, incluso a pesar suyo, la voluntad deja a medias. El asunto es que Benmayor volvió a meterle mano a las telas que me había mostrado y cambiaron de tal manera que todo lo escrito antes perdió su sentido.
Es increíble como unas pocas pinceladas ueden transformar la historia secreta e intraducible de un cuadro. Recuerdo cierto cupido del Caravaggio en el Palacio Pitti de Florencia. Se llama, si no me equivoco, “El amor durmiente”, aunque para mí era sólo un niño vivo, con los pies uscios y tan real que, cada vez que lo visitaba, no sin pudor y a sabiendas de mi excentricidad, caminaba frente a él lentamente y en la punta de los pies. El niño dormía y cualquier desorden a su alrededor podía despertarlo. Los que sabían de pintura más que yo consideraban este cuadro algo afectado y uno de los menos virtuosos de ese oscurantista italiano. El asunto es que las alas del niño dormido eran apenas unas cuatro o cinco pinceladas, quizás de las últimas realizadas por el pintor. Sus pestañas cansadas no habían sido dibujadas con esfuerzo. Unas pocas manchas las habían hecho caer sobre esos ojos traviesos en el mismo instante en que el niño se durmió.
Para volver a lo nuestro, esas pinturas del Samy que yo había visto sin terminar se convirtieron por obra de magia, la magia del arte, en otras pinturas. En un comienzo parecían más frías, más inteligentes y gobernadas que vivaces y conmovedoras. Creo que esa vez, cuando las vi, disimulé mi extrañeza y, como todos los que escriben un catálogo, un prólogo amigo o una presentación, me largué a buscar la justificación de esa aparente falta de entusiasmo y descontrol. Hablé del supuesto viaje de un personaje con ojos de lenguado, maleta y sombrero. Supusse que aquel hombre llevaba como único equipaje una muda, quizás ciertos utensilios de aseo indispensables, y un cúmulo de recuerdos, tal vez fotografías, tal vez objetos sin importancia para el resto. Pensé, a falta de mejores ideas, que su madre había muerto hace poco. Y, entonces, pensé también que a diferencia de la búsqueda del padre -la de Telémaco, por nombrar alguna cercana a nuestro autor-, que siempre es una búsqueda de futuro, de paso de posta y de relevo, la de la madre muerta era una búsqueda de pasado irrecuperable. La madre queda atrás, como un paraíso perdido; el padre salta adelante y crecer se asemeja a ir a su encuentro.
El otro día, mientras leía “El desierto de los tártaros” recostado en esa parte de la cama de mi padre en la que tantas veces lo sorprendí leyendo el diario, a través del vidrio, desde la terraza de su departamento costero, me vi niño en una alucinación, al otro lado del ventanal, mirándome a mí mismo como si yo fuera padre. Y entendí que había envejecido. Pero ese personaje con ojos de lenguado, sombrero y maleta, ya se había encontrado con su padre tiempo atrás y hasta tenía hijos en edad de buscarlo a él para continuar esta historia precariamente interminable. Ese viandante extraño, según yo, buscaba lo que nunca recuperaría, y la exposición que tenía ante mí, las telas inconcluysas por las que pasé, eran sus señales de ruta. Especulé acerca de las fachadas que se repetían en varias y que no tenían interior ni exterior. Las consideré, si mal no recuerdo, algo así como marcas en el tiempo. Y me pregunté qué vería él al asomarse por sus ventanas. En ese texto escrito al amparo de unas telas insatisfechas aseguraba que lo que descubriera aquel personaje sería el motivo de la próxima exposición de Samy Benmayor. Para decirlo derechamente, en esa primera aproximación a su obra, que entonces yo creía definitiva, adivinaba un ejercicio, la exhibición de un tránsito, el camino a algo que aún no aparecía.
De segura esa historia aun transcurre ne alguna parte, bajo las mucho más vivas pinturas actuales. Los edificios de cerámicoa, por otro lado, posiblemente se hallen en el horizonte imaginario de ese viaje. Si se fijan, notarán que en ellos también se confunde lo de adentro con lo de afuera. Por sus muros exteriores se pasean personajes que bien pudieron ser proyectados desde un presente distante y uqe jamás conseguirán entrar en esos aposentos imaginarios. Hay teteras del tamaño de un departamento y trompetas gigantes a las que, vaya uno a saber, el recuerdo puso ahí, a imagen y smejanza de las de Jericó, para derribarl os muros que nos separan de las épocas perdidas. En esas construcciones de barro, enanas si se las compara con las de concreto, pero en verdad enormes, vive todo lo desaparecido. Pero ésta es otra historia.
A los cuadros que había visto, en todo caso, les faltaba lo principal. Les faltaban esas cuatro o cinco pinceladas con las que Caravaggio le había dado alas a “su amor dormido”. Y las telas despertaron. Y, agregaría, emrpendieron el vuelo. Ahora no sé lo que significan y me alegra no saberlo. Noto que hay algunas con menos profundidad de cmapo, en las que todo sucede cerca y donde reina una acción generalmente indescifrable. En ellas hay familias dibujadas con aparente torpeza, caras graciosas, ridículas, y construcciones de un color sobre un fondo liso de otro color, por cuyos bordes, a ratos, asoma ese marasmo informe y sin tiempo del espacio. Por lo gneeral, son las que tienen más humor o, si se prefiere, donde el humor es más evidente. En otras, en cambio, reina sin contrapeso ese descalabro enorme del espacio. Confieso que son mis preferidas. Ahí no se sabe qué sucede. No hay acción. No hay personajes. Prácticamente no hay dibujo. A lo más alguna forma misteriosa. Son las pinturas de aire o de lugares sin fronteras, de fondos infinitos, de nada, de colores previos a cualquier orden que los domestique. En ellas todo puede suceder. Las principales, creo, son cuatro, y, a todas luces, se quieren unas a otras. Alguien me dijo que no debieran separarse jamás. Yo creo que a veces las separaciones son buenas. Hay ramas, sin ir más lejos, que si se las arranca y se las planta se convierten en árboles. No sé cómo se llama esap intura que me sedujo especialmente, pero tiene como protagonistas a unas manchas más o menos redondas y de tonos clamos. Hace una semana la vi por última vez y ni siquiera la recuerdo bien. Sé, eso sí, que nos gustamos mutuamente y que nos reconoceríamos en cualquier parte donde nos encontremos. Es una pintura sutil, o sea, desprovista de ansiedad, tranquila en su desgobierno, sin respuestas a nada. Es raro, en esa pintura -como seguramente en muchas otras, pero no se puede amar a tantas- la convicción de que todo será sorpresa y de que no hay control posible se instaló en paz. Cualquier cosa puede suceder allí. Y sea lo que sea que suceda, será admirable. Sospecho que al pintor de estas obras le fascina la vida.
Por Patricio Fernández |

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